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México, entre el humo y el rezago energético

En el mundo, las transiciones energéticas ya no son una promesa del futuro: son una urgencia del presente. Mientras países como China, Corea del Sur o Japón invierten billones de dólares en infraestructura solar, eólica, de hidrógeno verde y movilidad eléctrica, México parece haber decidido caminar en dirección contraria, desandando décadas de compromiso climático en nombre de una "soberanía energética" anclada al pasado.

Desde 2018, el país ha apostado por una política energética basada en combustibles fósiles, con la construcción de la refinería Dos Bocas, la reactivación de plantas termoeléctricas alimentadas por combustóleo, la compra de refinerías en el extranjero y la apertura de nuevas plantas de ciclo combinado. Mientras en Oriente se compite por liderar la carrera de la descarbonización, México ha incrementado de forma significativa sus emisiones de gases de efecto invernadero.

En un artículo publicado por Nexos, el Dr. Guillermo Murray-Tortarolo, investigador del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, advierte que la estrategia energética actual “apuesta por el pasado y cancela el futuro”, al privilegiar tecnologías contaminantes, restar capacidad al sector científico, y debilitar el acceso del sector privado a inversiones en energías limpias (Murray-Tortarolo, 2023).

Uno de los puntos más críticos ha sido la cancelación de proyectos de inversión privada en energías renovables, que ha paralizado licitaciones, bloqueado permisos y retirado confianza jurídica. Todo, con el argumento de devolver el control del sistema eléctrico a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), una empresa que —según expertos— no tiene la capacidad técnica ni tecnológica para liderar una transición energética moderna.

La CFE mantiene políticas basadas en combustibles fósiles y equipos obsoletos, y su apuesta se ha enfocado en refinerías y termoeléctricas, mientras se abandonan redes de transmisión inteligentes y proyectos solares y eólicos ya planificados. Esta centralización de decisiones ha provocado que México pase de ser un país con liderazgo regional en energía limpia, a un modelo fósil sin rumbo ni visión de futuro.

Esta visión fósil no solo contamina el aire: compromete nuestra salud, nuestra competitividad global y nuestra credibilidad internacional. Las emisiones del sector energético son responsables de más del 60% de los gases de efecto invernadero en el país, y al priorizar plantas contaminantes sobre fuentes limpias, México incumple sus propias Contribuciones Nacionalmente Determinadas (NDC) y renuncia al liderazgo climático que alguna vez aspiró tener en América Latina.

Lo más preocupante no es solo la elección de una vía contaminante, sino la velocidad con la que se desmantelan las capacidades que ya existían para avanzar hacia una economía sustentable. En lugar de fortalecer la transición energética, se ha debilitado a la Comisión Reguladora de Energía, marginado a expertos y centralizado las decisiones técnicas en discursos políticos.

México aún tiene un potencial renovable enorme. Pero para activarlo, hace falta más que recursos: hace falta voluntad. Y en tiempos donde el mundo se encamina hacia la electrificación limpia y la eficiencia energética, caminar hacia atrás no es soberanía: es condena.

 
 
 

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